Una vida compartida
Mi experiencia siendo esposa
“Prometo siempre tenerte un ‘chocorramo’ después de un día difícil para que te sientas amado y acompañado”
“Prometo tender la cama para que así comiences bien el día”
Parafraseando nuestros votos me doy cuenta de lo superficiales que pueden llegar a ser cuando los escribes a tus 21 y 24 años. La vida no nos había brindado una experiencia realmente aterradora como para escribir unos votos profundos y maduros, pero eso fue lo más bonito de nuestro inicio juntos, que todo lo complejo de nuestras vidas, lo hemos vivido juntos.
Conocí a mi esposo en el momento más crítico de la vida de todos los humanos modernos, la pandemia del COVID 19. Justo en ese momento crucial donde no sabías si los seres queridos que te rodeaban saldrían con vida o quizá podría pasar que tú fueras el siguiente. Donde la pregunta ¿Cómo te ves en 5 años? era difícil de responder para cualquiera. Pero para mí, joven y con tantas ilusiones, era una pregunta sencilla y podía darle respuesta con total tranquilidad porque mis planes los estaba creando a toda velocidad no sé si porque había conocido el amor o porque mi vida parecía que llevaba turbo como propulsor.
No sé, pienso que el conocerle me cambió por completo la vida y al ser nuestra historia de amor poco convencional permitió que yo me enamorara tan rápido que no hubo vuelta atrás desde que tuvimos que quitarnos los tapabocas para poder conocer nuestras sonrisas.
Recuerdo ese primer día, jamás lo olvidaré porque sus brazos se sintieron como tierra firme en medio de la tormenta y sus ojos achinados me indicaban que deseaba verle sonreír toda la vida, mi esposo tiene la habilidad de hacerme sentir en casa con solo ver cómo se acerca, puedo decir que ha sido así desde entonces.
Pasaron los días y lo que ocurrió después siempre los guardo para nosotros, pero puedo decir que no todo fue color de rosa. La presión e incertidumbre de la pandemia, nuestras maneras diferentes de ver la vida, diferentes crianzas y momentos en los que nos encontrábamos empezaron a causarnos molestias.
Siempre digo que la mejor parte de nuestra relación empezó cuando nos casamos. Sin tapujos y nosotros dos solos, teníamos dos opciones: usar ese amor que nació desde el primer momento y que sirviera como palanca para las demás circunstancias de nuestra vida o dejarnos hundir y que en pocos meses nuestro matrimonio terminara en divorcio. Elegimos la primera opción y la seguimos eligiendo cada día.
La vida en pareja no es fácil a eso súmale empezar dos veces desde 0, decisiones equivocadas y un hijo, el amor debe ser tan fuerte que no hay otra opción que seguir adelante y luchar contra todo juntos. ¿Y adivinen qué? a nosotros nos encantan los retos.
“¿Sabes qué es la teología reformada?” “Ni idea, sé que hace muchos años alguien llamado Martín Lutero se reveló contra la iglesia católica e hizo unas tesis para mostrar por qué estaba en contra y por eso ahora, estamos separados de los católicos, no sé más” “Bueno, es algo mucho más profundo… déjame te cuento”
Mi esposo me mostró y se dejó usar por Dios para que yo en Su providencia conociera la teología reformada. De todas las cosas hermosas que Dios me ha permitido ver por medio de Camilo, la verdadera doctrina, el conocer a Dios de verdad, es la más valiosa.
No la entendí desde el primer momento, me costó años. Malas decisiones, momentos amargos y sobre todo, casi nos cuesta nuestro matrimonio. Dios tenía un plan desde el primer momento que nos conocimos y lo ha venido ejecutando a la perfección, por lo que veo. Siempre con cada momento difícil, llega la solución y esa la solución siempre es que todo ocurre para Su gloria y nuestro propio bien.
Mi vida como esposa me ha enseñado que Dios instauró el matrimonio bíblico con un fin y es el de cumplir su propósito por medio de la multiplicación de sus hijos y la buena práctica de los principios bíblicos. Jamás he sentido que no tengo un rol relevante ni menos importante solo por ser mujer, al contrario, he sentido que mi esposo con el paso de los años y las situaciones me ha dado el lugar que Cristo le dio a la iglesia. No siempre fue así, pero entiendo que hemos tenido que afilarnos entre nosotros como el hierro lo hace con el hierro, tal como lo dice Proverbios 27:17.
Las experiencias, desafíos, victorias y derrotas han perfeccionado nuestra interacción, mejorado nuestra comunicación y permitido que cada día seamos mejores, no perfectos pero sí mejores. Veo hacía atrás, justo en este punto de mi vida y no me veo compartiendo con nadie más que no sea mi amado esposo Camilo y eso ha permanecido desde el día que me empecé a ilusionar con la idea de formar una familia juntos.
He visto cómo su mirada, sus acciones, su visión del mundo, su rol como esposo y padre, su amor y su devoción a su familia han evolucionado sorprendentemente desde aquel día que dijimos sí acepto en el altar, donde prometimos amarnos eternamente, ser incondicionales y jamás faltar a nuestra palabra. He visto como yo misma he cambiado, he visto las cosas desde una perspectiva más amplia, cómo he amado sin condición y recibido amor sin condición, me he maravillado en el matrimonio, algunas ocasiones lo he odiado, he de admitirlo, pero al final siempre vuelvo a la misma idea, este amor merece que luchemos sin condición ni distinción.
Ha pasado tanto, hemos visto, luchado, amado, llorado, peleado, buscado, hallado y reído, hemos reído mucho, que dicha y emoción me da decir que ya son más de 6 años de aventuras juntos, donde solo Dios y nosotros sabemos qué hemos tenido que vivir y hasta dónde hemos sabido llegar.
Ahora cuando pienso en los votos matrimoniales, me gustaría agregar:
“Prometo controlarme aunque no te soporte, mirarte con misericordia aunque pudiese juzgarte, prometo pensar antes de hablar, dar antes que recibir, jamás pensar en dejarlo todo y que nuestro amor es para siempre porque quien encendió la llama, ha vivido y vivirá eternamente.”
Te amo amor mío. Hasta el final de mis días.


Gracias por ser tan vulnerable y así conectar con todos nosotros.
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