He pecado en mi corazón
Lo que hace el añorar un pasado que ya se esfumó.
Cuando empaqué mis cosas para volver a mi país, recuerdo guardar con bastante cuidado mis cuadernos que sirvieron como diarios de oración. Llené 4 en total con mis anhelos más profundos. Allí plasmé mis oraciones como cartas al Señor contándole mi día a día, recuerdo decirle “mi cita con Jesús”, dado a que al estar sola la mayor parte del tiempo realmente sentía a Jesús como compañía ayudándome a pasar la soledad del país en el que viví. El día que empaqué esas libretas recuerdo haber pensado: “Qué bonito será leer esto en unos años y darme cuenta que todo lo que viví tuvo un sentido”
Dos años después de decir esa frase, revisé entre mis cosas y encontré la última agenda que llené y podría decir que la más dolorosa, tenía muchos matices, habían momentos de alegría, incertidumbre y drama incluso. Parecía una tragicomedia griega, sus últimas paginas muestran mis últimos meses en Vancouver, allí conté lo feliz que estaba de estar en Canadá, de todas las cosas bonitas que estaban pasando, e incluso le contaba a Dios que quizá mi hermano podría ir a visitarme y ese mismo día, recibí la noticia que me movió de un panorama colorido a uno totalmente en escala de grises, lo siguiente que leí eran oraciones dignas de poner en el libro de Lamentaciones.
En el momento que ojeé nuevamente esas oraciones y cerré el cuaderno, algo cambió dentro de mí. Llevaba dos años apagando con pequeñas gotas un fuego difícil de contener, mi mente trajo añoranza a mi corazón, enviaba señales de deseos por estar en ese lugar maravilloso que pinté antes de la trágica noticia, yo solo podía pensar y pensar en lo agridulce que fue todo, en los matices, en los dramas, yo me blindé ante una noticia que al parecer ya era inminente y solo quería sanar el corazón de una Andrea fragmentada.
Caí en el pecado de hacerme la pregunta “¿Por qué fueron los tiempos pasados mejores que estos?” que enuncia el predicador en Eclesiastés 7:10, pero siempre recuerdo esos momentos y analizo cada detalle, caigo en cuenta de que realmente no eran mejores, solo los recuerdo buenos por la bruma de un sueño cumplido. Por ver todo ese verde y azul, el sonido de fondo que se reproducía en inglés y sentía la fuerte brisa otoñal que tanto me gustaba en mi piel.
No era mejor, solo mi absurdo corazón deseaba estar allí. Debo confesar que la última semana, era lo único en lo que mi corazón podía pensar. Un momento me encontré a mí misma viendo la sonrisa de mi hijo y una voz en mi mente me decía: ¿no sería mejor si de fondo la acompañara ese hermoso parque donde solían ir a comer helados con tu esposo? o cuando recuerdo tienditas donde se compraban cosas muy lindas a un dólar, mi mente decía: “Con esto tan hermoso, ya estaría tu casa completamente decorada”
Solo cosas superficiales, banalidades en su máximo esplendor.
Inmediatamente recuerdo lo difícil que fue encontrar un lugar donde alabar a Dios que se acomodara a nuestra doctrina, que para tener un lugar medio decente donde vivir nos debíamos ubicar a más de una hora de nuestro trabajo, que la comida en el 90% de las veces era horrible, que hacer ejercicio era un lujo que podíamos solo limitar a correr para alcanzar el bus y ni se diga de disfrutar las fiestas en Diciembre, con tanta nieve, solo provocaba cantar Jingle Bells en casa, con el pijama más calientito.
Me fui aterrizando porque el enojo se estaba apoderando de mi corazón, proyectando todo esa molestia en mi familia, alejándome de lo que más me gusta hacer y dándome razones para odiar cada cosa que me pasaba; este pecado estaba haciendo un hueco gigante y no me estaba permitiendo ver las maravillas que estaba viviendo en mi país.
Mi comida favorita, una iglesia local sana, familia, amigos y un gran trabajo, estaba ayudando y siendo ayudada, estaba compartiendo de mi experiencia y además, aprovechando para hablar del evangelio.
No es perfecto, pero es lo que estoy viviendo ahora. Dios me trajo acá para ver su amor, para proveerme de lo necesario y para darme a conocer que en medio de mi tormenta, siempre ha habido un rayo de luz dándome calor e iluminando el camino.
Y es así como deseo con este artículo cerrar ese capítulo en mi vida, deseo de corazón que el pecado de la nostalgia por el pasado se erradique de mi alma, que me permita contentarme con mi presente, aprender de mis errores y buscar que en el futuro quien brille más que todos esos sueños pintados de oro sea el Señor mi salvador, que un día murió incluso por la añoranza que se refugia en mi corazón.


Qué interesante cómo el corazón puede convertir un recuerdo en un paraíso. Al leerte pensé que muchas veces no extrañamos tanto un lugar como la versión idealizada que hemos construido de él.
Gracias por recordarnos que ninguna ciudad, etapa o sueño cumplido puede cargar con el peso de darnos plenitud. Solo Cristo puede hacerlo. La nostalgia mira hacia atrás diciendo: "allá estaba lo mejor". El evangelio nos invita a mirar hacia adelante y recordar que lo mejor sigue siendo Cristo, presente con nosotros hoy y esperándonos en la gloria.
¡Podemos confiar y descansar en la sabiduría de Aquel que nos ama con amor eterno!